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¿Quién controla al vigilante? Tecnología, privacidad y el desafío de los Estados digitales

TT
TRIBU Tech LatamArquitectura de Software· 28 de mayo, 2026

La conversación estuvo liderada por Eduardo Centurión, CISO en una compañía de salud en Argentina y especialista en protección de datos y ciberdefensa, junto a Juan Andrés Antoñuk, profesional tecnológico con experiencia en startups, industria y sector financiero. Lejos de caer en teorías conspirativas, el objetivo fue abordar el debate desde un enfoque técnico, profesional y ético: cómo equilibrar seguridad, privacidad y poder estatal en un mundo cada vez más digitalizado.

El verdadero debate no es la tecnología

Uno de los conceptos más repetidos durante la charla fue que la discusión no debería centrarse en si los Estados deben usar tecnología, sino bajo qué límites, controles y mecanismos de auditoría deberían hacerlo.

La digitalización estatal trae enormes beneficios: agiliza trámites, mejora servicios y optimiza procesos. Sin embargo, también concentra volúmenes gigantescos de información personal, biométrica y sensible en manos de gobiernos y grandes organizaciones. Y ahí aparece la pregunta clave: ¿cómo se garantiza que esos datos no sean utilizados fuera de su propósito original?

Brasil, rastreo vehicular y el problema de la interoperabilidad

Andrés compartió una experiencia profesional vinculada a la industria automotriz en Brasil, relacionada con la resolución 245 de DENATRAN en 2007. La normativa exigía que todos los vehículos nuevos vendidos en Brasil incluyeran un sistema obligatorio de rastreo y bloqueo remoto administrado bajo regulación estatal.

Sobre el papel, el objetivo era positivo: combatir el robo de vehículos y mejorar la seguridad. Sin embargo, el desafío surgió rápidamente cuando aparecieron preguntas sobre privacidad y control.

¿Quién tendría acceso a la ubicación permanente de los vehículos? ¿Quién podría bloquear remotamente un auto? ¿Cómo se aseguraba que esa infraestructura no fuera utilizada con otros fines?

El proyecto enfrentó múltiples cuestionamientos legales y sociales, acumuló siete prórrogas y finalmente fue cancelado en 2015 después de enormes inversiones públicas y privadas. El caso se convirtió en un ejemplo concreto de cómo una iniciativa tecnológicamente viable puede fracasar cuando no logra resolver adecuadamente las garantías de privacidad y gobernanza.

La delgada línea entre seguridad y vigilancia

La charla exploró también ejemplos más actuales, como las nuevas balizas obligatorias conectadas en España o los sistemas de fotomultas inteligentes en Buenos Aires capaces de detectar automáticamente si un conductor utiliza el teléfono móvil mientras maneja.

Si bien las iniciativas buscan aumentar la seguridad vial, Eduardo planteó una reflexión incómoda pero relevante: ¿hasta qué punto el monitoreo dentro de un vehículo privado deja de ser seguridad para convertirse en vigilancia?

El debate se complejiza aún más porque muchas veces las tecnologías funcionan correctamente desde lo técnico, pero carecen de claridad sobre aspectos fundamentales:

  • Qué datos se recolectan.
  • Durante cuánto tiempo se almacenan.
  • Quién tiene acceso.
  • Cómo se anonimizan.
  • Cuál es la finalidad exacta de su uso.

Datos sensibles: el verdadero tesoro digital

Uno de los momentos más impactantes de la charla surgió cuando Eduardo explicó el enorme valor que tienen los datos de salud en mercados ilegales y operaciones de ransomware.

Contrario a lo que muchas personas creen, la información médica puede valer mucho más que los datos bancarios o tarjetas de crédito en la dark web. ¿La razón? Los datos financieros pueden cambiarse; los datos de salud no.

Un historial médico contiene información genética, antecedentes familiares, enfermedades, tratamientos y datos biométricos imposibles de modificar. Una vez filtrados, la exposición es permanente.

Desde su experiencia en el sector salud, Eduardo remarcó que la protección de estos datos no es únicamente un problema técnico, sino también ético y regulatorio. Una filtración en salud no solo implica pérdidas económicas: puede afectar directamente la vida de las personas.

Privacidad no significa esconderse

Otro de los puntos centrales fue desmontar la idea de que privacidad y seguridad son conceptos opuestos. Según los expositores, privacidad no significa ocultarse, sino garantizar que la información personal tenga límites claros de acceso, uso y trazabilidad.

La conversación derivó también hacia el modelo europeo de regulación, especialmente el GDPR, donde las organizaciones tienen obligaciones concretas:

  • Explicar qué hacen con los datos.
  • Permitir que los usuarios soliciten su eliminación.
  • Aplicar anonimización.
  • Garantizar transparencia sobre el procesamiento.

En contraste, señalaron que gran parte de Latinoamérica todavía presenta enormes vacíos regulatorios y culturales respecto al tratamiento de datos personales.

El problema invisible: aceptamos todo sin leer

La charla también abordó un comportamiento cotidiano que normalizamos: aceptar términos y condiciones sin leerlos. Andrés recordó ejemplos documentados donde empresas aseguraban proteger la privacidad de los usuarios mientras, en realidad, utilizaban sus datos para otros fines.

El problema no es únicamente tecnológico. También es cultural. En la práctica, millones de personas entregan información extremadamente sensible —desde biometría hasta patrones de comportamiento— sin comprender realmente cómo será utilizada.

El desafío que recién comienza

Aunque deliberadamente evitaron profundizar sobre inteligencia artificial, ambos coincidieron en que el crecimiento de sistemas automatizados y modelos capaces de analizar grandes volúmenes de información vuelve este debate todavía más urgente.

La conclusión fue clara: la discusión ya no pasa solamente por proteger sistemas de ataques externos. El verdadero desafío está en construir mecanismos de control, auditoría y transparencia para quienes administran enormes cantidades de datos sobre nuestras vidas.

Porque en un mundo hiperconectado, donde cada dispositivo genera información constantemente, la pregunta “¿quién controla al vigilante?” dejó de ser filosófica para convertirse en una necesidad democrática.


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